viernes, 10 de febrero de 2017

DIADRIO EL PAIS. JORGE GALINDO.

Un partido más.


La paz en política no existe, sólo existe el equilibrio y la tregua

Pocas veces se le presenta a un partido ambicioso una oportunidad como la que se ha encontrado Podemos. La crisis socialista y su consiguiente caída en las encuestas parecía una invitación al golpe de gracia. La segunda en un año. Pero la desaprovecharían de nuevo, enzarzándose en su propia pelea intestina que culmina este fin de semana, y empujando así a votantes desencantados a la abstención en lugar de atraerlos a su espacio.
La lucha entre Errejón e Iglesias no es tan ideológica como estratégica. No pelean por qué política hacer, sino por cómo hacerla: el objetivo de ambos era y es superar al viejo socialismo, no pactar con él. Todo iba bien mientras el trabajo se limitaba a pescar en una nueva generación que no se sentía representada: una demanda política previa cuya existencia no era mérito de los líderes de Podemos. El problema vino al constatarse que dicha demanda no subía del 22%. ¿Qué hacer a partir de ese momento? ¿Ir de frente, con la vanguardia, o desplegar un ataque oblicuo? No hubo respuesta. O hubo demasiadas.

Un momento clave en la consolidación de cualquier organización llega cuando las expectativas chocan con la realidad, y toca asumir que el premio es menor del esperado. Es en ese instante cuando surgen desavenencias, parte natural de la vida de cualquier grupo político. Pero la cosa es distinta cuando éste no sólo es joven, sino que está fuertemente jerarquizado. En Podemos no batallan corrientes amplias y definidas, sino más bien élites internas que se toman el debate como un juego de suma cero: para que unos ganen, los otros deben perder.
La formación morada carece de un mecanismo de institucionalización del conflicto. No es capaz de facilitar pactos, repartir cuotas de poder. Aquello que aborrecen de sus rivales, pero que es útil para evitar que cada nueva crisis se convierta en una cuestión de vida o muerte. Con su supuesto anquilosamiento, los viejos partidos han superado más guerras internas de las que caben en esta columna. Porque la paz en política no existe, sólo existe el equilibrio y la tregua. Esa es la ventaja oculta de ser, sencillamente, un partido más.

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